Comunico luego existo Comunicación Estratégica

lunes, 29 de diciembre de 2025

Times New Roman vs.Calibri: TONTERÍA O TONTERÍA?


Se cree que solo diseñadores gráficos y editores piensan en las tipografías y sus significados, pero no es así, en el páis más poderoso del mundo, el Secretario de Estado ha decidido en qué letra deben leerse y escribirse todos los documentos de esa cartera. Ha prohibido Calibri y ordenado el regreso obligatorio de Times New Roman, no es una simple excentricidad. El entiende la fuerza de los símbolos, no importa cuan grandes o pequeños sean.

En un mundo donde la política y la diplomacia se discuten en pantallas y correos electrónicos, un estado decide volver a una tipografía con serifas nacida para el papel impreso, las columnas estrechas y la solemnidad, no es nostalgia: es mensaje. Times New Roman no es solo una fuente; es una postura política. Habla de “autoridad”, “tradición”, “seriedad”. Es el tono grave del poder que se siente incómodo con cualquier signo de ligereza o disidencia

Calibri, en cambio, carga el pecado de ser contemporánea. Sin serifas, más abierta, más legible en pantalla, menos ceremoniosa. Es la tipografía de Power Point, del email, del whatsapp. Y en algunos círculos políticos, eso basta para convertirla en sospechosa, no se ve lo suficientemente solemne. Como si la modernidad misma implicase una agenda enemiga oculta.


¿Es Calibri woke? No. No tiene conciencia, no es militante, no marcha, no organiza plantones, no tiene sexo. Pero para algunos simboliza la orilla ideológica opuesta. Y en los conflictos políticos los símbolos importan más que los hechos. Calibri representa lo técnico, lo global, lo corporativo, lo que no necesita levantar la voz para existir y actuar con seriedad. Para algunos, eso es eficiencia. Para otros falta de carácter o peor aún, decadencia. 


Obligar a usar Times New Roman es una forma de decir “volvemos al orden”. Es estética convertida en doctrina. No importa si en pantalla se lee peor o si fue diseñada para una época sin píxeles. Importa que se vea seria y solemne. Que huela a institución. Que recuerde que el Estado no está para agradar, sino para imponer respeto. Aunque nadie termine de leer el documento.

La ironía es que esta batalla se libra mientras la política real se consume en titulares, memes y frases cortas en el celular. Pero el gesto importa: es una declaración de intenciones. Como cambiar banderas, retratos o prohibir palabras, cambiar tipografías es marcar territorio.

La publicidad entendió hace décadas que las tipografías no son neutras. Las “serif”  hablan de tradición y autoridad; las “sans serif " de cercanía y presente. Por eso las marcas jóvenes evitan Times New Roman como si fuera un desgastado traje heredado del abuelo y las instituciones y marcas que temen perder gravedad se aferran a ella como a un ancla. No es diseño gráfico: es psicología del poder.

En términos prácticos, la discusión es absurda. Times New Roman funciona bien en papel, regular en pantalla. Calibri nació para leerse en digital, rápido y sin esfuerzo. No hay ideología ahí, solo funcionalidad. Pero la política rara vez se mueve por la eficiencia; se mueve por símbolos que tranquilizan o agitan a su electorado.

Al final, la pregunta no es qué tipografía es mejor, sino qué inseguridad intenta tapar esta decisión. Cuando el poder empieza a desconfiar de un tipo de letra, no está defendiendo la legibilidad. Está defendiendo una idea rígida de autoridad, una nostalgia por un tiempo en que el respeto venía impreso en tinta negra y nadie preguntaba demasiado.


El significado de las palabras se altera de acuerdo a la tipografía en que están escritas, es innegable. Y cuando un estado elige Times New Roman, no está eligiendo solamente una fuente. Está subrayando —en negrita— su miedo a verse moderno. ¿Tontería o Tontería?


(Publicado previamente en Expreso)

Presidente Ejecutivo Alterno y Gerente General de OI Comunicaciones, asociada a Fleishman-Hillard.Director Ejecutivo del ITSU. Instituto Tecnológico Superior Urdesa.



lunes, 22 de diciembre de 2025

“LA FUERZA DEL CAMBIO" AL ESTILO CHILENO



Palabra mágica en campañas electorales alrededor del mundo es “cambio”. Apela a la inconformidad con gobiernos que se desconectan de las necesidades y expectativas de sus electores. Los ciudadanos no solo “compran” las ideas de quien la esgrime, sino que la asumen como el vehículo para canalizar su malestar frente al poder que está de salida. Las campañas que apelan a la continuidad funcionan, y no siempre, cuando el gobierno o la tendencia ha hecho bien su tarea. 


La campaña con la que triunfó Kast en Chile -seria, sin ridículos bailes en tarima y graciosos TikToks del candidato- orgulloso de su postura ideológica de derecha, hace inevitable regresar al Ecuador de 1978 y recordar cómo el candidato de centroizquierda-populista, Jaime Roldós, ofrecía exactamente lo mismo y lograba un triunfo arrollador. Una prueba clara de que el “cambio” no es patrimonio exclusivo de ninguna corriente política. Con él han ganado elecciones figuras tan distintas como Barack Obama con  “Esperanza y cambio”; Felipe González en España con “Por el cambio”; Vicente Fox en México con “Cambio Ya”; Sebastián Piñera en Chile con “Súmate al cambio”; Mauricio Macri en Argentina con “Cambiemos”, igual que Pedro Sánchez “Un Si por el Cambio”. Pero  nosiempre funciona, Guillermo Lasso en 2017 con  “Vamos por el cambio" no pudo ganar.


En un mundo de polarización extrema, la descalificación permanente del adversario y la dificultad de construir consensos mínimos, no sorprende que cada vez sean más las campañas cuya promesa central gire en torno a aquello.

El éxito del concepto se explica por varias razones: desafía al statu quo,  es lo suficientemente ambiguo para que cada elector lo llene con sus propias aspiraciones y genera esperanza sin detallar cómo se materializará. En términos estrictamente publicitarios, esa ambigüedad lo convierte en un comodín: un término intercambiable, adaptable a cualquier contexto y reutilizable sin demasiado esfuerzo creativo. Es vacío y poderoso al mismo tiempo.

La escasa creatividad de muchos slogans electorales queda en evidencia. “Cambio”, “Futuro”, “Esperanza” o “Renovación” se repiten elección tras elección, con ligeras variaciones que no generan verdadera diferenciación. El slogan deja de ser un elemento estratégico y se transforma en ruido. Exactamente lo mismo ocurre en la publicidad de consumo masivo: cuántas gaseosas prometen “refrescar”, cuántos desodorantes ofrecen “seguridad” o cuántos detergentes garantizan “blancura”.

No gana quien tiene la frase más ingeniosa, sino el más creíble. Las elecciones no se definen en un comité creativo ni por la originalidad de un afiche, sino por la capacidad del candidato de leer correctamente a su electorado, entender sus temores y aspiraciones, y ofrecer una propuesta que el votante perciba como beneficiosa para su vida cotidiana.

Y es precisamente allí donde el reciente proceso chileno ofrece una lección mucho más profunda que cualquier slogan. El verdadero “cambio” no estuvo solo en el mensaje de campaña, sino en la forma en que se procesó el resultado. La candidata perdedora reconoció su derrota sin excusas ni sospechas, felicitó públicamente al ganador y aceptó el resultado. El presidente saliente hizo lo propio, y el mandatario electo pidió apoyo y colaboración para una transición ordenada.

Ese es el cambio que muchos quisiéramos ver en nuestra clase política. Ese sí sería un acto de madurez, de creatividad real y de civilización democrática. Porque al final, más que slogans repetidos o cargados de originalidad, lo que transforma a un país es una dirigencia capaz de respetar las reglas, aceptar los resultados y entender que la democracia no solo se proclama en campaña: se practica cuando se pierde, cuando se gana y cuando hay que gobernar.


(Publicado previamente en Expreso)

Presidente Ejecutivo Alterno y Gerente General de OI Comunicaciones, asociada a Fleishman-Hillard.Director Ejecutivo del ITSU. Instituto Tecnológico Superior Urdesa.




lunes, 15 de diciembre de 2025

AVIANCA: UNA CRISIS BIEN MANEJADA


Diciembre es sin duda uno de los meses de mayor demanda de pasajes aéreos y es el peor momento para tener una crisis que afecte, no solo la reputación, sino la operación de una aerolínea. Eso le pasó a Avianca, el 28 de noviembre pasado, Airbus alertó sobre la necesidad urgente de actualizar el software de parte de sus aviones A320. El impacto fue enorme: más del 70 % de su flota de A320 se tuvo que quedar  en tierra. 

La inmovilización de 124 aviones obligó a cancelar y reprogramar cientos de vuelos, suspender ventas hasta el 8 de diciembre y afectó a decenas de miles de pasajeros. Es el tipo de crisis que mal manejada genera caos, enojo masivo, titulares y trending topics negativos. Sin embargo, el desenlace fue distinto ya que hizo lo correcto, aunque de seguro más un abogado o financiero se opuso la medida drástica, no se escondió detrás del fabricante, dio la cara y no intentó simplemente, como algunos recomiendan ahora, “cambiar la conversación”, así logró convertir un episodio crítico en un caso de gestión responsable que deja varias lecciones:

1.Seguridad primero. Eso no se discute. La empresa acogió la sugerencia del fabricante sin titubear sabiendo que la medida afectaría la operación diaria. El mensaje fue claro: la seguridad no se negocia. Esa decisión vino acompañada de un despliegue técnico notable. Más de 2.500 especialistas trabajaron turnos continuos para ejecutar la actualización en los 124 aviones afectados. En 5 días 102 aeronaves ya habían completado el proceso y se reintegraron a la operación, tiempo excepcional para una intervención de esa magnitud.


2.Comunicar verdades. Desde el primer comunicado, Avianca informó con precisión la naturaleza del problema, su alcance y las consecuencias. No prometió imposibles ni maquilló la situación: advirtió que las disrupciones serían “significativas” durante al menos ocho días. Esa franqueza, sin edulcorantes, desactivó rumores, controló la narrativa y transmitió que la aerolínea tenía el control del proceso. La consistencia evitó contradicciones y redujo la ansiedad de los pasajeros. En un entorno saturado de información, la transparencia protege un activo intangible: la credibilidad.


3. Servicio a los pasajeros. Otorgaron cambios de fecha sin penalidad, reembolsos inmediatos y alternativas de reacomodación en rutas donde fue posible. Cerca de 43.000 pasajeros fueron contactados, lo que permitió ordenar la operación y evitar la sensación de abandono que suele agravar cualquier crisis en el sector aeronáutico. Las medidas no eliminaron por completo las molestias —es es imposible en una situación así—pero sí redujeron la irritación pública y evitaron la viralización de la indignación en redes sociales.


4. Un cierre rápido y ordenado. La combinación de decisiones firmes, comunicación transparente y enfoque en el cliente aceleró la normalización. En  menos días de lo anunciado, la operación comenzó a estabilizarse y los aviones regresaron progresivamente a servicio proyectando sensación de regularidad.


5. Aprendizaje. Este caso evidencia algo que a menudo se olvida: Las crisis no se miden por su gravedad inicial, sino por la calidad de la respuesta. Hay que tener claro que la seguridad es lo primero, aunque provoque pérdidas temporales. Poseer protocolos claros de crisis, eso marca la diferencia en la percepción de los stakeholders. Comunicación proactiva y liderazgo de la narrativa. Avianca entre Nov. 28 y Dic.2 emitió 6 comunicados informando los avances.  Seguridad, transparencia y empatía  deben alinearse, solo así hasta las crisis más complejas pueden convertirse en un refuerzo reputacional, nada se improvisa todo debe estar previsto en el Manual de Crisis. Aplica para cualquier empresa.


(Publicado previamente en Expreso)

Presidente Ejecutivo Alterno y Gerente General de OI Comunicaciones, asociada a Fleishman-Hillard.Director Ejecutivo del ITSU. Instituto Tecnológico Superior Urdesa.