Comunico luego existo Comunicación Estratégica

lunes, 14 de septiembre de 2026

¿QUÉ TANTO INFLUEYEN LOS INFLUENCERS?


 Durante años, el influencer fue presentado como la nueva mina de oro de la publicidad: una persona y millones de impactos por mínima inversión. La ecuación parecía perfecta.

Los influencers se multiplican a diario, hay tantos que la palabra empezó a perder valor. Cuando todo el mundo puede ser influencer, la preocupación pasa  de ser cuántos seguidores tiene a ¿por qué deberíamos creerle? Hoy recomienda shampoo, la semana pasada pizza y hace un mes un banco.


La discusión se puso de relieve esta semana en Wimbledon. Después de la polémica provocada por los bochornosos actos de creadores de contenido en el US Open, el All England Club decidió no  acreditar influencers en 2027 y advirtió que podrá confiscar equipos como los “halos” si interfieren con los partidos. Wimbledon no ha prohibido influencers. Ha hecho algo más interesante, está diciendo que no todo lo que genera contenido merece alterar la experiencia que el público está pagando por vivir.


Y ese es un ángulo que las marcas deben analizar.

La publicación española Control Publicidad, en su artículo “La trampa del impacto fácil”, lo plantea con precisión, el sector corre el riesgo de confundir relevancia con controversia y visibilidad con valor. La polémica puede disparar el alcance, pero puede transferirle un problema a la marca que jamás pidió comprar. Un influencer no alquila solamente su audiencia. Cuando una marca lo contrata, se asocia a una parte de su reputación.

En Ecuador el “influencer marketing” sigue creciendo y profesionalizándose. Una plataforma especializada reporta más de 50.000 creadores en Latinoamérica, más de 3.000 campañas y más de 500 marcas. En Ecuador reporta más de 15.000 creadores formalizados.


Este mercado está creciendo y tratando de convertirse en industria formal. Se estima que el marketing de influencia facturó 20 millones el año pasado y que crecerá 20% este año. Ese cambio es fundamental. La primera generación vendió seguidores. La siguiente vende datos, segmentación, contenido, performance y resultados medibles. Ya no basta con publicar una foto y mostrar alcance. Las plataformas hablan de KPIs, ROI y selección estratégica de perfiles. Incluso existen mecanismos para validar tráfico y detectar indicios de tráfico artificial.

La transformación también ocurre en las marcas. La tendencia internacional apunta hacia “nano influencers”, comunidades específicas y relaciones de largo plazo. El número de seguidores pierde peso frente a autenticidad, afinidad con la marca y calidad de la interacción. No se trata de abandonar a los influencers, se trata de dejar de comprarlos como si fueran anuncios publicitarios con piernas.

Las empresas deberían tener cuidado, el algoritmo premia lo que genera polémica. Una marca, en cambio, debe decidir qué atención le conviene, no toda viralidad es influencia. No todo alcance es impacto. No toda polémica es conversación y no todo like construye reputación.

El verdadero problema del influencer marketing es la facilidad con la que las marcas confundieron audiencia con influencia.

Ahora toca cuestionarse: ¿esta persona tiene credibilidad para hablar de mi marca? ¿Su comunidad confía en ella? ¿Qué valores representa cuando no está haciendo una campaña? ¿Qué ocurriría si mañana su contenido más viral fuera uno que mi marca preferiría no compartir?

Wimbledon parece haber entendido algo que muchas empresas todavía no logran entender,  proteger una marca también significa saber qué cosas no conviene amplificar. El influencer marketing no está muriendo, está madurando.Tener seguidores es cada vez más fácil, pero tener influencia de verdad, cada vez más difícil.


(Publicado previamente en Expreso)

Presidente Ejecutivo Alterno y Gerente General de OI Comunicaciones, asociada a Fleishman-Hillard.Director Ejecutivo del ITSU. Instituto Tecnológico Superior Urdesa




lunes, 7 de septiembre de 2026

ZUCKERBERG NO ES EL ÚNICO VILLANO


 

El acuerdo de Meta para terminar las demandas en Estados Unidos por daños a la salud mental, asociados al uso de Facebook e Instagram por menores de 18 años se logró con una cifra que suena obscena,18.000 millones de dólares,  hasta que se la compara con sus utilidades del primer semestre de este año: 42.621 millones de USD. El pago se hará a lo largo de 10 años. El acuerdo es tan conveniente, que las acciones de la compañía  subieron de precio.

Sin reconocer culpas, Meta aceptó cambiar la experiencia de los adolescentes. Límites de dos horas diarias, bloqueo nocturno, menos notificaciones, ocultamiento de los likes. No admite responsabilidad por generar “adicción”, pero el mensaje es contundente: lo que se presentó como una plataforma para conectar personas ahora necesita reglas para evitar que los menores permanezcan conectados.


Los likes son una descarga de dopamina que, convertida en una variable del algoritmo, se transforman en una herramienta para decidir qué contenido circulará en las redes. La trampa es doble, el usuario cree que elige qué mirar, mientras el algoritmo aprende qué mostrarle para retenerlo.

Ha sido un error entregar esa atribución a sistemas capaces de aprender qué provoca una reacción humana y utilizar ese conocimiento para seleccionar el siguiente estímulo. Si la empresa conocía los riesgos de esto, la discusión deja de ser tecnológica y se vuelve ética. Pero Zuckerberg no es el único villano.

También lo somos quienes construimos una industria de comunicación obsesionada con el alcance, el engagement y los likes. Celebramos millones de interacciones sin preguntarnos qué comportamiento estábamos premiando.

La economía digital descubrió que la atención podía convertirse en dinero, más clics, más reacciones, más datos y más publicidad.

Una marca seria o un deepfake pueden tener millones de likes y cero credibilidad. Una campaña puede generar millones de reproducciones y no cambiar una sola conducta. El algoritmo convirtió esas cifras en lo más relevante de la comunicación actual.

Con la inteligencia artificial, el problema se vuelve mayor. Las IA se entrenan con información que está en las redes y reproducen sesgos, rumores y narrativas que circulan por internet. Pasamos así de algoritmos que ayudan a decidir qué información vemos a sistemas que pueden influir en qué información creemos.

El caso Meta debería  generar mayor molestia en los medios tradicionales cuya reacción frente al poder de Zuckerberg y sus pares ha sido menos crítica de lo esperable. Los medios necesitan estas plataformas para distribuir contenidos y atraer tráfico a sus sitios web y las redes sociales saben que tienen ese poder.


El verdadero problema no es cuánto pagará Meta o si Zuckerberg  sabía los riesgos que correrían los adolescentes, sino cuánto poder hemos permitido que acumulen quienes controlan los algoritmos. Porque cuando una plataforma decide qué vemos, qué ignoramos, qué nos indigna, qué nos polariza y qué nos entretiene, ya no estamos hablando de tecnología, estamos hablando de poder.

Los medios tradicionales observan pasivos cómo los Meta, X, TikTok, etc avanzan sobre un territorio que alguna vez les perteneció, decidir qué información llega a las personas, ahora las redes controlan gran parte de lo que vemos y  la inteligencia artificial empieza a influir también en las respuestas que recibimos, la pregunta ya no es quién tiene el algoritmo más poderoso. La pregunta urgente es otra ¿quién controla a quienes controlan los algoritmos?


Mientras sigamos celebrando alcance y “engagement” como grandes logros, sin importar cómo se obtienen, no tendremos derecho a exigir nada más que dinero.


(Publicado previamente en Expreso)

Presidente Ejecutivo Alterno y Gerente General de OI Comunicaciones, asociada a Fleishman-Hillard.Director Ejecutivo del ITSU. Instituto Tecnológico Superior Urdesa





lunes, 31 de agosto de 2026

HAY MARCAS QUE SE ANUNCIAN Y MARCAS QUE SON INFLUYENTES

 


El ranking de Marcas Influyentes Ecuador 2026, de Ipsos, deja una pregunta que debería interesar a cualquier empresario: ¿qué tan importante es su marca para las personas que la consumen? Hay que tener presente que una marca influyente tiene más posibilidades de ser elegida, recomendada, recordada y defendida. Es un activo empresarial.
El ranking está encabezado por Coca-Cola, Colgate y La Favorita. De las diez primeras, seis tienen capital o control extranjero: Coca-Cola, Colgate, Samsung, Nestlé, Fybeca y Tía. Las cuatro restantes son ecuatorianas: La Favorita, Mi Comisariato, Banco Pichincha y Supermaxi. El dato no significa que las marcas locales hayan perdido la batalla. Significa que competir por la preferencia exige mucho más que tener un buen producto y una buena estrategia de comunicación.
Las multinacionales poseen décadas de inversión, reconocimiento global, innovación, escala y consistencia. Muchas incluso han ayudado a definir su categoría. Su nombre tiene historia y significado. Una marca local debe pagar la factura  completa para obtener notoriedad, preferencia y lealtad.
Pero aquí está lo interesante. La Favorita está tercera, prácticamente empatada con Samsung, y Mi Comisariato ocupa el quinto lugar. Las marcas ecuatorianas sí pueden competir. La pregunta es por qué unas lo consiguen y otras siguen creyendo que presencia publicitaria equivale a influencia.
Ipsos identifica siete dimensiones para lograr influencia: engagement, liderazgo e innovación, ciudadanía corporativa, confianza, presencia, empatía y utilidad. En Ecuador se premia a las marcas que generan impacto positivo, construyen relaciones auténticas y actúan con coherencia.
Ahí está la clave. Una marca puede estar en todas partes y seguir siendo prescindible. Puede comprar alcance y millones de impresiones. Lo que no puede comprar tan fácilmente es relevancia. Para influir hay que ocupar un espacio en la vida de las personas, no solamente en sus pantallas.



El error de muchas marcas locales es querer ser conocidas mas que ser importantes. Hablan de sí mismas, de sus premios y de lo maravillosas que son. Y el  consumidor? Bien, gracias.. Ipsos señala que las marcas influyentes crean conversaciones, construyen comunidades y convierten consumidores en defensores.
La oportunidad local está en algo que las multinacionales difícilmente pueden importar: conocimiento local y cercanía cultural. Pero conocer al consumidor no sirve si no se convierte en valor. La cercanía tiene que sentirse en el producto y el servicio.
También hay que dejar de confundir innovación con novedad. Innovar es resolver un problema, simplificar una experiencia o entregar un beneficio que la gente adopte y recomiende.
Y está la confianza, la dimensión que más pesa en el índice. Una marca puede llamar la atención, pero nadie construye una relación duradera sin confianza. La publicidad puede prometerla pero solo la experiencia la confirma.



Finalmente los consumidores esperan marcas que contribuyan a la sociedad y hagan coincidir lo que dicen con lo que hacen. Una campaña sobre sostenibilidad no vuelve sostenible a una empresa, de la misma manera que una publicación sobre cercanía no vuelve cercana a una marca.
Si una empresa quiere ganar participación de mercado, debería preocuparse menos por cuánto habla de su marca y más por cuánto importa su marca. Ser influyente significa ser útil, confiable y relevante.
El ranking de Ipsos deja una lección para quienes todavía miden la fortaleza de una marca por el volumen de su publicidad, porque al final, la marca que importa no es la que más se ve, es la que el consumidor siente que perdería algo si ella desapareciera.


(Publicado previamente en Expreso)

Presidente Ejecutivo Alterno y Gerente General de OI Comunicaciones, asociada a Fleishman-Hillard.Director Ejecutivo del ITSU. Instituto Tecnológico Superior Urdesa